| La quinta del abuelo Pepe Una vez que se jubiló, el abuelo Pepe se compró una quinta de siete hectáreas no muy lejos de la entrada a Quequén, a unos veinte minutos de viaje desde casa. Todos los días, llueva o truene, Pepe se iba para la quinta y se pasaba el día entero allí. Y por supuesto, nosotros lo acompañábamos. No mentiría si dijera que de todos los nietos, yo era el que iba más seguido, junto con mi primo Cristian. A mí la quinta me encantaba, y más de un verano pasé más tiempo allí que en la playa. El lugar contaba con una casa vieja y muy desvencijada, que ni luz tenía. Si bien había sido construida en 1927, uno esperaba que estuviera en mejor estado. Había una habitación en la planta baja que ni piso tenía; el resto oscilaba entre el descuido y la decadencia. Sin embargo, como dije, a mí me encantaba. Y más de una vez me quedé a dormir, con falta de luz eléctrica y todo. No me daba nada de miedo. Bueno, un poquito. A la casa se entraba por la cocina, como era casi tradicional en las construcciones de esa data. En ella, dominaba la escena una enorme ‘cocina económica’, que funcionaba a leña. En realidad la cocina tenía doble propósito, ya que el fuego no sólo calentaba la comida sino que calentaba un caño de agua que pasaba por allí dentro, proveyendo a la casa de agua caliente. Completaba la decoración de la cocina una mesa de madera y un aparador en el que nunca faltaban yerba, azúcar y harina para las tortas fritas o los buñuelos. Caminando por un pasillo (que tenía una entrada para lo que alguna vez habría sido un lavadero), se llegaba al comedor. Esta era una habitación muy grande, que estaba casi completamente ocupada por una mesa de madera gigantesca. No era raro encontrar a 10 ó 15 personas sentadas a su alrededor, jugando partidos gigantes de chinchón (un juego de cartas). A veces, sólo a veces, me dejaban jugar a mí, lo que me provocaba tanto orgullo como si hubiera ganado el Premio Nobel de fútbol. Había otra puerta de entrada al comedor, y por allí se iba a la única habitación que había en la planta baja, en la que por lo general dormíamos cuando nos quedábamos a pasar la noche con Pepe. A la derecha, estaba la enorme escalera de madera que conducía arriba. Mas allá, un baño (en desuso) y la habitación sin piso de la que había hablado. Completaba el área una puerta doble, pesadísima, que se abría para dar paso a un patio cubierto, que a su vez daba al exterior. Arriba había cuatro habitaciones más, y el baño, que tenía una bañera con la ducha más grande que yo haya visto en mi vida. Por suerte, la baja presión del agua hacía el baño llevadero, porque yo siempre me imaginé que si el agua saliera con la fuerza con que lo hace aquí, nos haría agujeros en la piel! Afuera, había un enorme parque con muchos árboles (la mayoría pinos y eucaliptos). Justo en frente de la casa, había dos enormes troncos de pino cortados de manera tal que funcionaban como mesa. Más atrás, un espacio abierto en el que con Pepe y mi primo Cristian habíamos armado una cancha de fútbol, con arcos y todo. Hacia la izquierda, un espacio grande también, que conducía hacia un tanque de agua (tipo australiano) en donde estaba el molino, con un motor que bombeaba el agua para proveer a la casa. Muchas veces nos bañamos en el tanque, aunque por lo general estaba muy sucio. Alguna vez el tanque tuvo renacuajos y hasta mojarritas. Con Cristian –y a veces Martín- las pescábamos, aunque nunca entendimos cómo habían hecho para llegar allí. Entre el tanque australiano y la casa, había otra construcción que incluía un garage, algunas piezas (que serían para los peones, pero que casi nunca fueron usadas mientras nosotros estuvimos allí) y una especie de depósito atrás, que tenía un par de sierras para madera, las que nosotros utilizábamos para jugar a la carnicería. Allí también estaba la parrilla en donde hacíamos los asados. Del otro lado, había una cancha de bochas; y alrededor, varios lugares en los que mi primo y yo nos empeñábamos en plantar todo tipo de verduras y hortalizas, las que cultivábamos con resultado dispar. Saliendo a la derecha de la casa, había un camino que conducía hacia un chalet de mucho menor tamaño, que por lo general habitaba alguna persona contratada por el abuelo para administrar la quinta. Esta casa también estaba un poco ‘venida abajo’ y con el tiempo también terminó teniendo el mismo problema que la casa grande: un par de habitaciones sin piso. Nunca entendí a qué se debió eso. Junto a la casa, había un gallinero bastante grande; y de allí partía un camino que comunicaba a la quinta con la otra parte de esa enorme ‘manzana de campo’, en la que funcionaba la empresa “Sur-Lac”, que era la compañía productora de leche que Necochea tenía por entonces. Más atrás, estaba la zona en donde sembrábamos (papa, maíz, sorgo, trigo, alfalfa, entre otros que recuerdo) y al final, casi sobre la calle por la que entrábamos, el chiquero donde ‘vivían’ los chanchos. La rutina era siempre muy similar: Nos levantábamos tempranito (con los gallos) y desayunábamos con mate de leche o chocolate Toddy (también nos gustaba uno que se llamaba ‘Nutri Super Hijitus’). El abuelo salía a hacer sus tareas y nosotros lo acompañábamos empujando unos carros hechos con ejes de una carreta que había sido desarmada tiempo atrás. A la altura del gallinero nuestros caminos se separaban: Pepe seguía para el lado del chiquero y nosotros doblábamos hacia la derecha y nos íbamos hasta la Sur-Lac a comprar leche y a veces yogurt (el yogurt de frutilla de Sur-Lac era espectacular!). De ahí nos íbamos de nuevo para la casa, y luego a nuestro refugio, debajo de dos pinos enormes. Allí habíamos alambrado y teníamos nuestras cosas a resguardo de las vacas y otros bichos. Hacíamos un fueguito en un pozo que tapábamos con una chapa, y poníamos la pava encima, para tomar unos mates. Para acompañar la mateada, tirábamos unos choclos encima de la chapa caliente, y le volcábamos un poquito de azúcar encima. El maíz se acaramelaba y lo teníamos que comer con mucho cuidado, porque nos podíamos quemar toda la boca. Ese maíz con azúcar quemada era espantoso, pero lo comíamos siempre. Promediando la mañana, nos íbamos a juntar huevos al gallinero, y de ahí a la casa a preparar el almuerzo, que por lo general era siempre lo mismo: puchero. Pero no un puchero con todas las verduras, sino uno simplísimo, que se basaba en las (pocas) cosas que teníamos en la quinta. Por lo general, consistía apenas de papa, choclo y caracú, que comprábamos camino a la quinta. A eso le agregábamos el pan (galleta de trincha) que comprábamos en la panadería “La Sureñita”, que también quedaba cerca de la quinta. El menú podría parecer repetitivo y simplón, pero la verdad es que a mí me encantaba. Es el día de hoy que mi comida favorita sigue siendo el puré hecho con papa hervida, choclo y caracú, regado con manteca o –todavía mejor- aceite de oliva. Yum! La tarde la pasábamos ya sea jugando de nuevo bajo los pinos, o atendiendo nuestros cultivos. Era muy gracioso que yo cultivara tantas verduras y hortalizas, porque la verdad es que no me gustaba casi ninguna. Sin embargo, era una actividad que me gustaba mucho. A veces, el abuelo nos pedía que le diéramos una mano con sus tareas, y allí íbamos, más contentos que perro con dos colas. Nos gustaba tanto sentirnos útiles que hasta alimentar a los chanchos era motivo de orgullo! A la tardecita nos empezábamos a preparar para volver a casa. La peor tarea del día era juntar todo el lío que habíamos hecho, pero había que hacerlo. Guardábamos los pesadísimos carros que ‘manejábamos’ debajo de los pinos, las herramientas que habíamos usado en nuestra huerta dentro del garage, y traíamos la pava y el mate de nuevo para adentro. Cuando ya nos preparábamos para subirnos al Falcon blanco de Pepe, lo veíamos pasar al abuelo, yendo de nuevo para el lado de los chiqueros. Vaya a saber de qué se habrá acordado, pensábamos. Era evidente que por suerte nos íbamos a quedar un rato más, así que nos bajábamos del auto y salíamos corriendo a alcanzarlo, mientras yo le gritaba: - Abueeelooo!!! Espérameeeeee!!! --------------------------------- Seguí yendo a la quinta de Pepe regularmente por muchos años, hasta que el abuelo, dándose cuenta de que ya no podía mantenerla, y muy a su pesar la vendió. Yo ya tenía como veinte años, y a pesar de que entendía perfectamente por qué Pepe la vendía, no pude evitar sentirme muy triste. Volví a pasar varias veces por allí, la última hace unos ocho años. La quinta lucía completamente distinta. La casa había sido refaccionada y pintada, y ahora tenía electricidad. Los pinos y eucaliptos que estaban a la entrada, habían sido talados. No pude ver el chalet chico y hasta pensé que tal vez lo habrían tirado abajo. La quinta entera lucía muy ‘urbanizada’, sin parecerse en nada a aquel lugar que yo quise tanto. Hasta la Sur-Lac había desaparecido. Me propuse no volver a pasar por allí, y si tenía que hacerlo, no mirar hacia ese lado. Prefiero que la quinta quede en mi memoria como era durante todos esos años en que tanto la disfruté. Pero… me distraje escribiendo -para qué mentirles, soñando- y ya me parece que Pepe se está a punto de ir para casa. Discúlpenme, chicos, los voy a tener que dejar. - Abueeelooo!!! Espérameeeeee!!! |