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Friday, January 23, 2015

Embarrassing moments - #72

(En español más abajo) 
 

Embarrassing moments
 
CanadaThis has to be one of my favourite entries for this series. Many years ago, still living in Argentina, I would occasionally pay a visit to my wife and her family at their pasta store. Normally, I would drop by on a Saturday or Sunday at around noon, with my then three kids in tow; it was an almost mandatory stop before we hit the mall for lunch and a movie at the Disney Theatre.
 
Some times, however, it would be just me. The kids would be with my mother for the weekend, or with my brother Martín just for the day. Then I would say to my wife the five words she didn’t want to hear:
 
- I can stay and help!
 
She did not have a problem with me being there; the problem was with me being me being there. I would at the store front with my mother-in-law and another employee, while my wife, her two brothers and their dad would watch me from the back (secretly amused, but sometimes a little embarrassed). You see, I had this vivid memory of a man in my native Necochea, who owned a similar store (we call them rotiserías). He was very outgoing and very funny, and it was always a pleasure to go there and see how happy he always was and how well he would treat his customers, who would normally leave with a smile in their faces.
 
I would try to do exactly the same, not with the same results. I would talk to the customers, tell a few silly jokes, things like that. I especially loved saying incredibly silly things to little kids and then just watch their faces. They could not believe how stupid that big guy who was selling them the bread was!! My wife, as I said, would bounce between being amused and telling me –very kindly– to stop.
 
One day, one of the most regular customers came, the wife of a very, very well known and respected TV host (who has since passed away). This distinguish lady asked me if we still have some bread to sell. I looked below the counter and there were a few panes de grasa left, so I said:
 
- Sure! We have a bunch just for you here…
 
I put them in the bag (there were about seven of them) and did what I normally did to close the bag: holding it by its ends, I would do a couple of twirls and then make a know. As I was doing that, the bottom end of the bag opened and the little buns flew all across the store, two of them actually hitting my customer!!
 
There was an incredibly long five seconds pause. I could imagine my wife fainting in the back and my two brothers-in-law laughing their butts off. I looked at the lady, eyes wide open, and I said with my best ‘I do this every day’ face:
 
- We have just run out of grease buns, Madam…
 
 
Argentina
Esta es seguramente una de mis entradas favoritas de esta serie. Muchos años atrás, aún en Argentina, pasaba periódicamente a visitar a mi esposa y su familia en su fábrica de pastas. Normalmente, les caía un sábado o domingo cerca del mediodía, con mis hijos a la rastra; era una parada casi obligatoria antes de irnos al shopping a comer y luego ir a ver una película en el Cine de Disney.
 
Otras veces, sin embargo, estaba yo solo. Los chicos estaban ya sea con mi madre por el fin de semana o mi hermano Martín sólo por el día. Ahí entonces decía las cuatro palabras que mi esposa nunca quería oir:
 
- Hoy te puedo ayudar!
 
Ella no tenía problemas con que yo estuviera ahí; el asunto era con que yo estuviera ahí siendo yo. Me ocupaba de atender al público junto con mi suegra y una empleada, mientras mi esposa, mis dos cuñados y mi suegro me miraban desde el fondo (entre divertidos y un poco avergonzados). Explico: yo tenía este recuerdo vívido de un hombre en mi Necochea natal; este señor tenía un negocio similar (los llamamos rotiserías). Era muy extrovertido y muy divertido, y siempre era un placer ir a verlo y observar lo feliz que siempre estaba y lo bien que trataba a sus clientes, que normalmente se iban con una sonrisa en sus labios.
 
Yo trataba de hacer exactamente lo mismo, pero no siempre me salía. Hablaba con los clientes, contaba chistes tontos, cosas así. Me gustaba especialmente decir cosas increíblemente ridículas a los chicos chiquitos y luego mirar sus caras. No podían creer que un tipo tan grandote fuera tan bobo!!! Mi esposa, como decía, oscilaba entre divertirse con las gansadas que hacía y recordarme –muy amablemente– que ya estaba bien.
 
Un día, llegó uno de nuestros clientes regulares, la esposa de un muy, muy conocido y respetado conductor de TV (ya fallecido). Esta distinguida dama me preguntó si aún nos quedaba algo de pan para vender. Miré debajo del mostrador y aún tenía unos pancitos de grasa, así que le dije:
 
- Seguro! Tenemos unos pocos, justo como para usted…
 
Los puse en una bolsita (serían seis o siete) e hice lo que normalmente hacía para cerrarla: la tomaba de las puntas, y le daba un par de vueltas en el aire para hacerle el nudo. Al hacer eso, el fondo de la bolsita se abrió y los pancitos salieron volando por todo el negocio, dos de ellos incluso impactando en la humanidad de mi azorada clienta!!
 
Se hizo una increíblemente larga pausa de cinco segundos. Me imaginé a mi esposa desmayada en el fondo y mis dos cuñados por el piso de la risa. Miré a la señora, con los ojos bien grandes, y con mi mejor cara de ‘hago esto todos los días’, le dije:
 
- Pancitos de grasa no nos quedan más, señora…
 
 
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