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Monday, February 21, 2011

The valet stand

(En español más abajo)
 
CanadaI have never been too attached to my possessions, maybe because I have never had a lot of things. I have collected some stuff (there is my ever growing collection of coins and banknotes, that I'm still working on), and I have a few little things that I treasure and I wouldn't let go of, like a light blue polo shirt that I purchased on one of my trips and which I just love, or my black jogging pants that Gaby bought for me eons ago, and that I keep using all the time but with a short of the same color underneath, because these poor jogging pants have a hole that big that sometimes I confuse it with the ones for my legs...

But besides these minor things, I have never been too ambitious about having or possessing a lot of stuff. Not only I have always been happy with what I have, but I have also learned to value all of them, knowing how hard me and Gaby had to work to get them.

There are exceptions, of course. One of them is a valet stand that my grandfather Pepe had. It was a beautiful piece of work that I have admired (and wanted to have) my entire life. Pepe had it right by his side of the bed, though he would rarely use it. Dark and shiny, it would stand there waiting for anybody to put a jacket or a shirt on its 'shoulders'. I loved playing with it, or just looking at it very closely, looking for any imperfections or a spot where the varnish was coming off a little. That valet stand had some kind of a magic effect on me.

There was another item that attracted me in a similar way, and that was a very ancient set of Mah-jongg pieces made with ivory that my grandmother Haydeé had. It turned out that it was my mother's, so she has it now. But the valet stand was a different thing... I liked the idea of having one so much that I once bought one here in Canada, at a yard sale, for $3.00. It was a little weak and it had wheels (sacrilege!) , but I was getting close.

Once my grandparents left this world, the grandchildren were asked if we were interested in any of their possessions, as a way to remember them. I was already living in Canada, so it looked very impractical for me to ask for anything and then have to put my brothers through the obligation of having to send things to me, so I said nothing. It wasn't necessary either, as pretty much everyone knew what I would love to have...

I was sent some 'treasures' anyway, same as the rest of the seven grandchildren: hand-made Christmas decorations (my grandmother was great at that), a little booklet containing the rules for the game of Poker (Haydeé was famous for having the rules for pretty much every card game known to mankind, and they were at hand in case of any controversies), and a few more little things that -as I have said- I treasure. I was very happy, because I honestly wasn't expecting anything. The same happened when my father died; Cristina (my stepmom), gave me some things that I wasn't sure about accepting, because I would prefer my two younger brothers (her children) to keep everything. I already had the best memories of my father, especially from that wonderful month and a half that both of them had spent at home in 2005, so I never thought of having any mementos. Cristina insisted, so I brought home a few things, including a wooden plate with our family stamp and a picture he always had in the garage, near the barbecue.

When Santi travelled to Argentina a couple of years ago, for my brother Paco's wedding, he was very much into learning how to play guitar. I was very surprised when I saw him arriving at the airport with my father's guitar in hand! Now that's a treasure, which is on a pedestal in my living room (you might have seen it in some of my pictures), as a testament of the passion that my father, uncle, cousins, brothers and I have for music. I still can't believe it, it's like having a little piece of my old man with me every time I play that guitar and sing one of those songs he loved so much.

But I was still being set up for the biggest surprise. A few months later, Gaby and the kids went to Washington for my niece Natalia's graduation and they came back with a big package, that my brother had given to my mother for her to bring from one of her trips to Argentina.

It was, of course, Pepe's valet stand. I would lie if I said I wasn't moved when I opened the package and assembled it with Gaby. It looked exactly like I remembered it, and once we cleaned it with Gaby, it looked like new again. It's right beside my bed, so it keeps me company every night. It's one of the last things I see before I fall asleep, and one of the first my eyes lay on in the morning. Unlike Pepe, though, I do make sure that 'my' valet stand always has a shirt or a polo resting on its shoulders.

I wonder if my kids, knowing how I am about possessions, suspect that there's nothing in the world I cherish more than that valet stand.

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ArgentinaNunca fui de apegarme demasiado a las posesiones, tal vez porque nunca tuve gran cosa. He coleccionado cosas (ahí está mi colección de monedas y billetes que no me deja mentir), y tengo esas pequeñas cosas que atesoro y de las que me costaría mucho desprenderme, como por ejemplo una remera celeste que amo y unos pantalones de jogging color negro que compré hace añares y que sigo usando cada vez que tengo práctica o partido de fútbol, pero con la salvedad de que me tengo que poner un short del mismo color debajo, porque los sufridos joggings tienen un agujero en la entrepierna que es casi tan grande como el que uso para calzármelos.

Pero fuera de esas cosas menores, nunca tuve muchas ambiciones que digamos con respecto a las posesiones. No solo me he conformado con lo que tengo, sino que además he aprendido a valorar cada una de las cosas que tenemos, sabiendo lo que nos ha costado a Gaby y a mí conseguirlas.

Pero hay excepciones, claro. Una de ellas es el perchero valet de mi abuelo Pepe. Es algo que he admirado y he querido tener toda la vida. Mi abuelo lo tenía al lado de su cama, y rara vez lo usaba. De color oscuro, permanecía erguido como esperando que alguien le posara una camisa o un saco en sus 'hombros'. A mí me encantaba jugar con él, o como mínimo estudiarlo con detenimiento, buscando alguna imperfección o lugar en que estuviera despintándose.

Algo similar me ocurría con un muy antiguo juego de Mahjongg con piezas de marfil que tenía mi abuela, pero resultó que era propiedad de mi madre, así que todavía está en su poder. Pero el perchero valet de Pepe era otra cosa... Me gustaba tanto que una vez aquí en Canadá me ocupé de conseguirme uno, aunque era uno medio endeble que compré por $3.00 en una venta de garage.

Cuando mis abuelos ya no estuvieron más entre nosotros, se nos preguntó a los nietos si estábamos interesados en tener algún recuerdo de ellos. Yo ya vivía en Canadá, y me parecía muy impráctico pedir algo y después poner a alguno de mis hermanos en el compromiso de tener que enviarme las cosas hasta aquí, así que no dije nada. No hacía falta tampoco, porque era bien sabido qué cosa hubiera querido tener... Me enviaron algunos tesoros de todos modos, que los siete nietos recibimos: adornos de Navidad hechos a mano por mi abuela, un reglamento de Poker (mi abuela era famosa por tener los reglamentos de prácticamente cuanto juego de naipes existiera, y estaban muy a mano en caso de que hubiera controversia), y algunas cositas más que aún atesoro. Yo, chocho de la vida, porque no esperaba nada. Lo mismo sucedió cuando murió mi padre. Cristina, su esposa, me regaló algunas cosas que yo dudé en aceptar, porque prefería que mis dos hermanos menores (hijos de ella) se quedaran con todo. Yo tenía los mejores recuerdos, en especial de ese mes y medio que ellos habían pasado en casa sólo un año antes, nunca pensé que precisara nada más. Pero Cristina insistió y así fue que me traje algunas cosillas, entre ellas un cuadro que mi padre tenía en su garage y un plato de madera con el sello de la familia.

Cuando Santi viajó a Argentina hace dos años para el casamiento de mi hermano Paco, estaba en pleno entusiasmo por aprender a tocar la guitarra. Grande fue mi sorpresa cuando lo vi llegar con la guitarra de mi viejo a cuestas! Un verdadero tesoro, que permanece en un pedestal en el living de mi casa (uds. la habrán visto en algunas fotos) como testimonio de la pasión de mi padre, tíos, primos y hermanos por la música. No podía creerlo, tengo una parte de mi viejo conmigo cada vez que rasgueo alguna de las canciones que a él tanto le gustaban.

Pero faltaban la sorpresa más grande. Al poco tiempo, mi esposa y chicos fueron a Washington para la graduación de mi sobrina Natalia y volvieron con un voluminoso paquete, que mi hermano le había dado a mi madre para que se trajera de Argentina.

Era, por supuesto, el perchero valet de mi abuelo. Mentiría si dijera que no me emocioné cuando abrí el paquete y junto con Gaby lo volvimos a ensamblar. Estaba tal y como lo recordaba, y una vez que le pegamos una repasadita con Gaby, quedó como nuevo. Se instaló al lado de mi cama, y ahí está, haciéndome compañía todas las noches. Es una de las últimas cosas que veo al dormirme y una de las primeras sobre las que se posan mis ojos en la mañana. Eso sí, a diferencia de mi abuelo, yo lo hago trabajar, y siempre me aseguro de que tenga una remera o una camisa en sus hombros.

Me pregunto si mis hijos, conociéndome y sabiendo cómo soy con las cosas materiales, sabrán que ese perchero valet es mi posesión más preciada.     

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8 comments:

  1. Guauuu Gaby, qué relato... impecable... emoción a flor de piel... hermoso!

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  2. No es que tus otros post no sean emotivos. Pero es la primera vez que me haces emocionar con ellos. Estoy en la oficina leyendolo y lagrimeando, con toda la gente mirandome. Me encanta que tengas ese perchero, y que le des tanto valor. Porque yo tambien lo adoraba. De hecho, me compre uno igual. Que tengo al costado de mi cama, pensando en el abuelo. Yo me quede con 3 cosas para mi muy importantes como ese perchero: El salero del abuelo, la pinza de las papas fritas de la abuela (que utilizo ambas cuando hago papas fritas) y el cucharon de sopa de la abuela con el cual me obliga a tomar la sopa. Cuando vengas a casa, te haré sopa y papas fritas con ellos. Besos.

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  3. Me hiciste llorar! Yo soy igual con las cosas materiales, me gusta tener (por supuesto) pero solo hay unas limitadas cosas que atesoro como tu perchero y justo el viernes me enteré que algo que quería recuperar de la casa donde crecí, lo mas seguro es que haya perdido para siempre... Me aalegra que tu no hayas perdido el tuyo!

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  4. Qué bueno! Yo tengo uno casi igualito, del abuelo de mi esposa... y lo hacemos laburar a lo loco, por ahi casi casi es mas alto lo que tiene encima que su propia altura ;)

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  5. Excelente tu relato!!
    Aunque no nos hagan falta pertenencias de los que ya no están para tenerlos presentes creo que uno siente como que están un poco más presentes.

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  6. Me encantan tus relatos, tienen destellos tan emotivos, que hacen que a uno se le ponga la piel de gallina.

    Gracias por compartirlos!

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  7. We all need a piece from home, something passed on from a generation to the next ;-)

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  8. muy lindo relato, lindos recuerdos. Pero hay que hacer una salvedad, el abuelo siempre lo usaba, de dia por ahi tenia algún pullover o camisa nomas, pero a la noche le ponía todo: camisa, pullover, pantalones, zolcilloncas, hasta los zapatos abajo...
    me alegro que lo tengas y sigas usando tal como deseabas...

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