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Tuesday, February 01, 2011

Silly Monkey Stories #135 – The smell of Fanta

1(En español más abajo)
 
CanadaAround 1976 – Gabriel (9)
 
My father had a lot of brothers and sisters, and all of them were mostly known by their nicknames, to the point that I don’t really remember some of their names! Before you start laughing at my lack of memory and make jokes about being really old, let’s mention that my father had 8 siblings, so there were many names to remember. Smile
 
One of my dad’s youngest sisters, Delia, was probably the coolest adult I knew. She owned a kiosquito (a small kiosk, which in Argentina would mean 'a usually miniature-sized store, sometimes just the size of a large closet. Very often, it presents only a glass front and an open window to pedestrians to conduct transactions. There is no street entrance, and the operator (known as the kiosquero) enters through a backdoor from a larger store -such as a bakery, pharmacy or stationery store- or even a private home' (an excellent description I got from ZonaLatina.com).
 
I loved to go visit Aunt ‘Negra’ (that was her nickname, and before you say something, that word is nothing but a term of endearment in Argentina, to the point that I sometimes call my wife ‘Negrita’), and sometimes I would even get to go inside the kiosco. It was amazing how many things she had in such a small space! Kioscos don’t usually sell newspapers or magazines, but my aunt did. She also had all kinds of sweets (especially alfajores), cigarettes, toys… you name it. She even sold pop, and would occasionally give me a small bottle of Fanta orange for me to drink.
 
I remember this one particular day in which my father took us over her place for a visit. I was very thirsty, but even though I have never been what you would describe as a shy kid, I knew it wasn’t polite to just show up and ask for something to drink, so I stayed quiet while the adults were chatting.
 
When I just couldn’t take it anymore, I started to think of the best way to get a glass of water or something, without being too obvious. And this is what came out of my 9-year old mouth:
 
- Aunt Negra, it smells like you have Fanta in the fridge. Any chance I could have a little?
 
They all laughed so hard that I immediately realized that I hadn’t been that subtle. That ‘smell of Fanta’ thing soon became a recurring joke, to the point that I would say it every time I visited her from then on. Even today, whenever my aunt calls me for my birthday (she does it every year!) or I call her on hers, I still mention it:
 
- I smell Fanta, can I have some?
 
 
 
Argentina Alrededor de 1976 – Gabriel (9)
 
Mi padre tuvo un montón de hermanos y hermanos, y a todos se los conoce por sus apodos en lugar de sus nombres verdaderos, al punto que algunos ya ni los recuerdo! No se rían de mi falta de memoria ni me llamen viejo todavía, tengan en cuenta que mi padre tenía 8 hermanos, así que eran muchos nombres para recordar. Smile
 
Una de las hermanas más jóvenes de mi papá, Delia,  era tal vez el adulto más ‘cool’ que conocía. Tenía un kiosquito (algo que en Argentina podría definirse como ‘un negocio de mínimo tamaño, a veces tan grande como un armario. Por lo general, presentan un frente de vidrio con una pequeña ventana a la calle para que los peatones hagan sus compras. No tiene entrada por la calle, y su dueño (llamado kiosquero) entra a través de una puerta trasera que comunica a un negocio –panadería, farmacia o librería- o incluso a su casa particular’ (una descripción excelente que obtuve de ZonaLatina.com).
 
Me encantaba visitar a la Tía Negra (ése era su apodo, y antes que digan algo, esa palabra por lo general tiene connotaciones cariñosas en Argentina, al punto que yo a veces le digo ‘Negrita’ a mi esposa), y a veces ella hasta me dejaba entrar al kiosco. Era increíble ver la cantidad de cosas que habían en tan poco espacio! Los kioscos no suelen vener diarios o revistas, pero mi tía sí lo hacía. También tenía toda clase de golosinas (especialmente alfajores), cigarrillos, juguetes… lo que quieran. Hasta vendía bebidas gaseosas, y ocasionalmente me regalaba una botellita de Fanta naranja para que yo tomara.
 
Recuerdo un día en especial en que mi padre nos llevó a visitarla. Yo tenía mucha, muchísima sed, pero a pesar de que uno nunca podría haberme descripto como un chico tímido, yo igual sabía que no quedaba bien aterrizar y enseguida pedirme algo para tomar, así que me quedé bien quietito mientras los adultos charlaban.
 
Cuando ya no pude aguantar más, comencé a pensar en la mejor manera de pedir un vaso de agua o algo así, pero sin ser demasiado obvio. Y esto es lo que salió de la boca de este niño de nueve años:
 
- Tía Negra, me parece que hay olor a Fanta viniendo de la heladera. Podría tener un poquito?
 
Todos se rieron tanto que enseguida me di cuenta de que no había sido muy obvio que digamos. El tema del ‘olor a Fanta’ pronto se convirtió en una broma recurrente, al punto que yo la repetiría en cada visita que yo le hice a mi tía de allí en adelante y hasta el día de hoy. Incluso cuando mi tía me llama para mi cumple (nunca falla!) o yo la llamo por el de ella, me ocupo de mencionar el asunto:
 
- Tía… Hay olor a Fanta, puedo tomar un poquito?
 
 
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