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Thursday, May 13, 2010

Embarrassing moments - #22

(En español más abajo) 
 

Embarrassing moments
 
Canada
As a kid, there was almost nothing that I hated more than being sick. I remember I only missed a week of school when I was in First Grade, and that was because I had mumps. There was a very effective way to prevent us from getting sick, of course, but I hated that even more: getting our shots.
 
My parents would take me and my brother Guillermo over some old lady whose name I never learned, but who everybody called ‘Cholita’ (no, it’s not a derogatory term in Argentina, just a very common nickname, I had a great aunt whose name was Chola). She was –I want to believe– a retired nurse, and she would be in charge of our immunizations.
 
My brother never seemed to have any issues with it and he would promptly make his arm available (or other body parts). But I wasn’t cool with that at all. Almost every time I would run away and go to Cholita’s back yard and then climb up a lemon tree, refusing to get off of it no matter how many times my frustrated parents asked me to.
 
Evidently, it wasn’t a very effective plan, as I would eventually get back inside, either because I was tired, hungry or just plain bored. I would still fight against the poor old lady for a while but there was no way I was going back home without my shot. Let’s say that at least I was making her earn her money.
 
My parents would buy us something on the way back, as a ‘reward’, like a long cylindrical piggy bank that was only good for coins; I never knew why I was getting stuff too, given my embarrassing behaviour.
 
But the other thing I could never understand was why my shots always seemed to hurt more than my brother’s. I think that maybe that old lady wasn’t as nice as I thought! :-)
 
 
ArgentinaDe niño, pocas cosas me disgustaban más que enfermarme. Recuerdo que sólo me perdí cinco días de clase estando en primer grado, y eso fue porque me enfermé de paperas. Claro, había una forma muy simple y efectiva de prevenir estas enfermedades, pero odiaba eso aún más: las vacunas.

Mis padres nos llevaban a mi hermano Guillermo y a mí a la casa de una señora mayor cuyo nombre nunca aprendí pero a quien le decían 'Cholita' (sé que en inglés esta palabra a veces se usa despectivamente, pero en Argentina era un apodo como cualquier otro, y yo tenía una tía abuela a la que le decían Chola). Ella era -al menos yo quiero creer que era- una enfermera retirada, y estaba a cargo de darnos nuestras inyecciones.

Mi hermano nunca pareció tener problemas con el asunto, y enseguida ponía su brazo -u otras partes de su cuerpo- a disposición de la señora. Pero yo no estaba muy de acuerdo con el asunto. Casi siempre me terminaba escapando a los fondos de la casa y me trepaba a un limonero, del cual no me bajaba por más que me mandaran al presidente a buscarme.

Evidentemente no era un plan muy efectivo, porque eventualmente volvía a entrar, ya sea porque estaba cansado, hambriento o simplemente cansado. Igualmente ofrecía un poco de resistencia a la frustradísima señora, pero no había forma de que no volviera a casa sin mi vacuna. Digamos que al menos la hacía trabajar por su paga.

Mis padres nos compraban algún regalito camino de vuelta a casa, como 'premio', como por ejemplo unas alcancías cilíndricas de plástico que se llamaban 'monedómetros'; nunca supe por qué me compraban cosas a mí, después de semejante show que hacía cada vez que nos 'pichicateaban'.

Pero la otra cosa que no podía comprender era por qué mis vacunas siempre parecían doler más que las que le daban a mi hermano. Me parece que la señora no era tan buena como yo pensaba! :-)

 
 
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